Tediosa belleza

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www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Alejandro Magno | Al final de ‘Nunca es igual’, un largo tema incluido por Andrés Calamaro en ‘Alta suciedad’ (1997), el pensador Antonio Escohotado suelta una enjundiosa parrafada que termina con la siguiente anécdota: “Cuentan de Alejandro que una vez se metió en un río tumultuoso de la India, todo con barro, persiguiendo al ejército que peleaba con él, y que, cuando iban en mitad, los caballos perdieron pie. Aquellas aguas estaban heladas y se volvió a sus compañeros y les dijo: ‘Me cago en la leche, ¿os dais cuenta de las cosas que tengo que hacer para que me tengáis respeto?”. Y luego, el filósofo finiquita su parlamento repitiéndose (varias veces) y repitiéndonos: “Eso pasa poco ahora”.

La historieta se vino a las mientes del cronista mientras contemplaba, alucinado, el estreno de la adocenada versión de ‘Alejandro Magno’ propuesta por el Festival de Mérida y producida por su mandamás, Jesús Cimarro, con los dineros de los contribuyentes pero en beneficio propio. Porque ahora, como recuerda Escohotado, eso pasa poco: el respeto es una entelequia cuyo significado desconocen la mayoría de nuestros gerifaltes; y el del certamen emeritense es uno de los que más (y mejor) ejercita su falta, con el aval político de los de su misma calaña y la involuntaria connivencia financiera de los sufridores paganinis, oséase, usted —improbable lector— y yo.

http://www.festivaldemerida.es/fotos/fotos_prensa/1835/files/1835_fichero_1.jpgSea como fuere —aunque con la sangre hirviendo—, lo que aquí corresponde es juzgar el espectáculo de marras; y dicha tarea la comenzaremos, sin que sirva de precedente, por lo accesorio, que, en este caso, se eleva a categoría de capital, un poco por méritos propios y un mucho por deméritos de lo esencial.

A saber: este ‘Alejandro Magno’ se desarrolla sobre una soberbia escenografía diseñada por Mónica Borromello, que dispone sobre la ‘scaena’ del Teatro Romano una umbría piscina tajada en dos mitades que simulan, de un lado, el río Indo, y del otro, su tributario Hidaspes, donde el caudillo macedonio libró su última batalla campal contra el rey Poros. En el centro, la tierra firme está representada por una bella tarima ilustrada con el mandala de Alejandro; a su vez, la negrísima piscina está ribeteada por un níveo cordón luminoso dispuesto por Juan Gómez Cornejo, que se encarga de alumbrar magistralmente la acción dando lugar a varias estampas de insuperable plasticidad; un logro potenciado, entre otros elementos, por la lujosa sutileza de los ropajes diseñados por el modisto español que más pita en los circuitos internacionales, Paco Delgado, quien alardea de su ‘savoir faire’ con un colorista catálogo de corte y confección perfectamente complementado por un (im)pagable corolario de máscaras, joyas, aperos y armas. Y en el cuadro también aparece una yegua zaína haciendo las veces del legendario Bucéfalo, cuya presencia solo queda justificada de cara a la galería.

Mas lo extraordinario de todo esto es que tanta belleza no se limita a desempeñar un papel meramente ornamental, pues la puesta en escena diseñada por Luis Luque sabe sacar partido a todos y cada uno de los elementos, integrándolos con justa pertinencia a la acción dramática. Otra cosa bien distinta es lo que sucede cuando el propio Luque tiene que lidiar con una cuadrilla de actores de exigua experiencia y limitado talento para desenvolverse sobre las tablas. Salvando, claro está, la honrosa excepción de Amparo Pamplona, que se impone con suficiencia al resto del reparto con su aureolada encarnación de Olimpia, la mater amantísima del protagonista, cuyas apariciones se convierten en (casi) una experiencia religiosa.

Félix Gómez despoja a su Alejandro del epíteto que lo convirtió en leyenda y lo rebaja a un apocado niño pijo. Mayor prestancia aporta Armando del Río a su amado escudero Hefestión, y el cronista se malicia que la cosa ganaría mucho si el uno y el otro intercambiaran sus roles. En cuanto a la realeza india, se salva de la quema Unax Ugalde, pese a un arranque harto manierista, mientras que Aitor Luna, Diana Palazón y la insufriblemente gritona Marina San José multiplican el tedio de una versión algo atropellada en la que los alejandrinos de Racine se tornan en una prosa a la que sobra narrativa y falta profundidad.

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