Troya, corregida y abreviada

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www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Aquiles, el hombre | Al caer el telón —figurado, obviamente— tras el estreno de ‘Aquiles, el hombre’, el cronista intercambia opiniones con sendos espectadores: el uno, cincuentón, se queja (mínimamente) de que en la película haya mucha más acción que en el espectáculo que acaba de contemplar; el otro, veinteañero, asegura (visiblemente) emocionado que el flamante montaje es igualito que la película. En ambos casos, huelga añadir que cuando dicen ‘la película’ ambos se están refiriendo a ‘Troya’ (2004), la particular versión de la ‘Ilíada’ inmortalizada por Wolfgang Petersen a mayor gloria de la Warner Bros. y de la blonda melena de Brad Pitt. Mas lo que queda meridianamente claro es que, como decía un sabio de cuyo nombre no quiero acordarme, las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno; y más aún: que, en la era de la globalización audiovisual, los referentes culturales son (casi) siempre medianías paridas antes de ayer en lugar de las obras clásicas que les dieron pie.

http://www.festivaldemerida.es/fotos/fotos_prensa/1906/files/1906_fichero_1.jpgPrecisamente a esos espectadores que aún no han encontrado un hueco en sus vidas para enfrentarse a los veinticuatro cantos (15.693 versos) incluidos en la epopeya compuesta por Homero en hexámetros dactílicos va dirigida esta versión abreviadísima de la ‘Ilíada’. Así, los 51 días que abarca el poema arcaico se ven reducidos a poco más de hora y cuarto en una función destinada, mayormente, a promocionar la faceta más humana del celebérrimo héroe griego, Aquiles.

El debutante Roberto Rivera condensa con alcance literario y delicada profundidad las jornadas más aciagas para la coalición aquea, aquellas en las que la peste se ceba con sus soldados a las puertas de Ilión al tiempo que Aquiles sufre la pérdida de su adorado Patroclo, un hecho que en el original desata su irrefrenable cólera pero que aquí, merced a una generosa licencia poética, permite la exhibición de un guerrero antibelicista —valga el oxímoron— que hace gala de un humanismo inédito en la infinidad de versiones que le preceden.

Para encarnar al hijo del rey Peleo y la nereida Tetis, José Pascual ha escogido a Toni Cantó, un actor de sobrada experiencia que, sin embargo, sobre la escena adolece de los mismos males que sobre su escaño de representante público —es diputado por Ciudadanos, como antes lo fue por UPyD—: su Aquiles se convierte en adalid del postureo, haciendo gala de una tensión corpórea que cortocircuita la conexión entre el espectador y sus (supuestas) emociones; a mayor abundamiento, su declamación se muestra afectada en demasía y, de esa amalgama, resulta un robótico semidiós que cercena la credibilidad de su mensaje.

Mejor escapa su antagonista, Agamenón, responsable de una guerra que en el día de la fecha va ya por su décimo año, al que insufla vida un maduro Miguel Hermoso. Las trazas de chuloputa —pelín exageradas, si se quiere— le sientan como un guante al insensato rey de reyes que embarcó a todos sus pueblos vecinos en la mayor (y más cruenta) batalla de la antigüedad. Macarra en el fondo y en las formas, el cobarde general le gana la partida sin despeinarse al artificioso héroe encarnado por Cantó.

Sin pasar del aprobado por los pelos, el montaje más honesto en lo que va de sexagésimo segunda edición del Festival de Mérida vuelve a cumplir con la máxima no escrita de este año: el continente supera (de largo) al contenido. Para recrear la blanquecina arena de las playas situadas ante las murallas de Troya, Curt Allen Wilmer acopia veinticinco toneladas de cuarzo hecho polvo, sobre las que se desenvuelve una revoltosa tropa, enferma y hastiada, a la que Pier Paolo Álvaro viste con ropajes atemporales que picotean un poco en la indumentaria marcial más clásica y otro tanto en la uniformidad policial contemporánea, convirtiendo a Odiseo, Áyax, Diomedes y Néstor en un escuadrón antidisturbios. Y luego está la música, en la que Luis Delgado ha vaciado la experiencia acumulada durante décadas, uniendo en una ajustada banda sonora —aunque excesivamente presente— la épica del rock sinfónico, los sonidos sintetizados de las bandas sonoras ochenteras y las influencias añejas y orientalizantes habituales en sus composiciones.

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