Festival de Mérida | La guerra de las mujeres | ‘La guerra de las mujeres’ fue uno de los proyectos que se quedó en el cajón de las promesas cuando Miguel Narros falleció hace poco más de tres años, y no cuesta demasiado suponer que allí se quedó ante la imposibilidad de contar para la parte musical con Enrique Morente, que nos había dejado tres años antes. Juntos alumbraron el último acercamiento de Narros al teatro clásico griego (‘Fedra’, 2009) y juntos hubieran pergeñado, sin duda, esta libérrima versión de ‘Lisístrata’, si la salud los hubiera respetado.

En un romántico acto de justicia poética, Celestino Aranda, íntimo colaborador de Narros desde su etapa como director del Teatro Español, ha tratado de recomponer el puzle que la muerte desbarató aunque, para nuestra desgracia, las (buenas) intenciones han superado a los (malos) resultados. La pieza elegida para rellenar el hueco dejado por el director madrileño ha sido uno de sus alumnos (menos) aventajados, José Carlos Plaza, que vuelve a castigar al público del Festival de Mérida —por novena vez— con una más de sus insustanciales puestas en escena; y, para cubrir la ausencia del vanguardista cantaor granadino, se ha (re)agrupado a todo su clan, incluyendo esposa, hijos y demás familia.

Esta última decisión resulta decisiva para el espectáculo, pues el peso de la función recae sobre Estrella Morente, que cumple más que dignamente en el movimiento escénico y se impone de manera sobresaliente en el apartado vocal, donde da un recital de equilibrio dramático que la lleva del grito al susurro y de la coña a la denuncia con absoluto desparpajo. Algo menos lucen sus parientes, aunque todos dejan constancia de lo que fueron, lo que son y, sobre todo, de lo que llegarán a ser a medio plazo.

Del resto del reparto, se salva Aida Gómez, que tanto en su labor de coreógrafa como en sus apariciones sobre el escenario hace gala del magisterio acumulado durante décadas de trayectoria intachable. Eso, y su envidiable forma física —para un cuerpo que frisa el medio siglo—, aportan al montaje una picardía y un descaro que a su pareja de baile se le atragantan. Porque Antonio Canales, que en su día se deslizaba sobre la escena del Teatro Romano con elegancia y frescura, lleva años arrastrando sin pena ni gloria sus kilos de más y sus ganas de menos. Aquí se desdobla en dos personajes: el primero, un mamarracho travestido —enhorabuena a la dirección de casting— cuya sola presencia abochorna; el segundo, un comisario que le permite demostrar que sus pies aún recuerdan un poco de la gloria pasada, pero solo un poco.

La música, compuesta por Juan Carmona, Juan Parrilla y Lucky Losada, no tiene pellizco, ni duende, ni nada de eso que se le (pre)supone al flamenco. La amplificación sonora vierte sobre la cávea tangos y alegrías, saetas y rumbas, y hasta un sucedáneo de rap, que ni pinchan ni cortan, y aquí es donde más se echa de menos la ausencia del patriarca de los Morente.

De los elementos accesorios, basta resumir que Paco Leal —en la escenografía—, Toño Martínez Camacho —en las luces— y Pedro Moreno —en el vestuario— restan enteros al montaje con algunas de sus peores creaciones hasta la fecha.

Así las cosas, el cronista se reafirma en una tesis que defiende desde hace años: en esta comedia antibelicista y reivindicativa, parida por Aristófanes hace más de dos mil cuatrocientos años, resulta imposible conjugar cantidad y calidad. Solo en lo que va de siglo, por el Festival de Mérida han pasado tres versiones de la cosa: la primera, estrenada en 2003, se ahogaba en el esteticista barroquismo mediterráneo de Carles Santos; la segunda reeditaba en 2009 el éxito cosechado en 1980 por el tándem Martínez MedieroCorencia, esta vez con Miriam Díaz-Aroca rebajando la nada a la más absoluta de las miserias; y la tercera, programada en 2010, desperdiciaba la imaginería visual de Jérôme Savary cediendo todo el protagonismo al cómico del momento, Paco León. En todos los casos, los resultados artísticos dejaron mucho que desear pero, invariablemente, el público avaló las sucesivas propuestas con su masiva presencia. Y no será esta nueva ‘Lisístrata’ la que rompa esa dinámica.